Esta mañana abrí la puerta al obrero que tiene que arreglar el tejado del garaje que transformamos en un local. Ahí tendría que haber ido a vivir mi padre, después de haber convivido unos años en la misma planta. Yo y mi marido en una habitación, a lado mi hija y en la otra mi padre. El conflicto nació por una lavadora. Cuando se rompió, mi padre empezó a discutir sobre mi supuesta incapacidad de pedir otra igual que encajara correctamente en la cocina. Mi marido se enfadó y se largó de casa tres días. Naturalmente el problema no era la lavadora sino la convivencia y la incapacidad de reconocer las capacidades y limitaciones de cada uno. Vamos, de dejar por un momento el control que ejercemos el uno sobre el otro.
El obrero es un chico jovencito con unos ojos grandes y profundos que parecen reflejar un mundo lleno de dudas y esperanzas. Unos ojos de una dulzura que dejan sin defensas. Me preguntó por mi padre. Y de repente todo el dolor que tenía dentro después de su muerte dejó que recuperara el aliento. ¿Cuándo dejé de respirar? ¿Cuándo empecé a preocuparme por todo y a vivir sin disfrutar del peligro? El peligro de equivocarme, de ser juzgada, de no gustar. Me había olvidado de que yo no era así, que no me importaba la casa, el orden, como vestirme o si estaba presentable cuándo salía de casa. Había asumido día tras día que la equivocada era yo y que, si no lo hacía bien, los demás sufrirían las consecuencias.
Había perdido el tiempo de la aventura, el gozo de disfrutar de todas las pequeñas y grandes sorpresas que dejan sin aliento. Deja de controlarlo todo, decía mi meditación de la mañana. Y yo pensaba que mi vida era un caos y que me equivocaba. Las plantas morían, el polvo cubría las estanterías, el desorden llenaba las habitaciones.
Estoy pagando un seguro sobre la casa cuándo, en realidad, me encantaría que un fuego devastador lo quemara todo. Deja entonces la cama sin hacer, los restos del desayuno sin recoger, no mire a todas las cosas que has dejado a media, no piense en todos los errores de tu juventud perdida. Qué suerte has tenido. Te has equivocado y, si lo haces bien, seguirás equivocándote.